Luna Blanca Novela de Fantasía. Prólogo

“Luna Blanca” es una historia fantástica que está basada en el misterioso y mágico mundo de Naia.

¿Qué hay detrás de un personaje épico?, ¿cómo ha llegado a ser quién es?, ¿fue siempre popular y su capa misteriosamente ondeaba al viento desde que era un bebé? Quizá los haya así, pero no es el caso de la protagonista de esta historia.  A algunos no les queda otra que aprender de sus errores y superar sus miedos para no sucumbir en el caos. En una tierra regida por razas y clanes, ¿qué puede hacer una semielfa oscura para encontrar su lugar?

 

Luna Blanca

Tomo 1

 

Prólogo

Año 9597

La luna llena brillaba, blanca y majestuosa, iluminando con su azulado manto la tierra de Naia.

De entre las nubes que la camuflaban, emergió una figura alada que trajo consigo movimiento a la escena, como si antes el tiempo hubiera estado congelado.

Dejando atrás los bosques, la lechuza buscó un buen lugar sobre el que posarse. Su perfecta visión le permitió observar cada detalle de los muros de la fortaleza fronteriza que separaba el mundo civilizado del salvaje. Una milla más adelante, una cálida luz y humo con olor a comida saliendo de una chimenea le invitaron a acercarse. Se posó sobre el alfeizar de una ventana cercana a los contenedores de basura que cada vez estaban más llenos de sobras y paciente, aguardó su oportunidad. Su estratégica posición le otorgaba cierto control sobre su entorno para escapar al menor indicio de amenaza ya que desde aquel lugar podía observar el interior del establecimiento.

El ruido del gentío inundaba la taberna “el puchero Pelotón”, llegando a todo rincón como un habilidoso ratón se cuela por los recovecos. La mayoría de los clientes eran cadetes de primer año. Esa noche habían acudido allí para celebrar o maldecir el resultado de las puntuaciones trimestrales.

El personal de la posada, preveía sin necesidad de bola mágica ni oráculo de ningún tipo el desarrollo de la velada. Como cada tres meses, el local se llenaba primero de alegría, música, muchos clientes y por lo tanto mucho trabajo. Horas más tarde sin embargo, el ambiente cambiaría radicalmente a pocos clientes, discordia entre ellos, demasiado por limpiar y cansancio acumulado. No obstante, saber el resultado de la jornada no era motivo para no mostrarse vivarachos y dar lo mejor de su carácter a los clientes.

Con la tripa llena tras una por fin decente cena y varias jarras de cerveza a rebosar, hablaban unos amigos en su mesa favorita, la cual Fray se había asegurado al ocuparla antes de que empezara a abarrotarse el local.

– … pues yo te digo que no tiene ni idea –le decía el testarudo Tordec a su compañero Feven, al que siempre le había precedido una merecida fama de burlón-, pone las puntuaciones a voleo.

– Pues Claudor es mejor lancero que tú y tiene peor puntuación, ¿no será que hiciste algo para que te subiera de puesto en el ranking? –insinuó haciendo un gesto obsceno. Por mucho que a Fray le hiciera gracia, tuvo que intervenir cuando Tordec se lanzó con las manos al cuello de Feven por encima de la mesa. Las jarras se tambalearon y desparramaron cerveza por doquier. Fray hizo un gesto a una camarera para que les trajera dos jarras más y limpiara el estropicio.

Los temas de conversación cambiaban rápidamente y las sonoras carcajadas eran amortiguadas por la música, las conversaciones de alrededor y los ruidos de vajillas. Un amigo más se unió a la mesa.

– ¡Weber! -se alegró Fray- te estábamos esperando. ¿Por dónde andabas?

– Poniéndose guapo –señaló Feven-. Míralo: repeinado, con la camisa por dentro, un ramillete de flores del campo en la mano… ¿te vas a declarar a alguien hoy, campeón?

Weber, que estaba algo distraído y nervioso, asintió brevemente con la cabeza.

– ¡Estupendo! -gritó Fray-, ¿quién es la afortunada?

– Se llama Leowen y …

– Sé quién es, es una de las soldados del sargento Justo -lo cortó impulsivamente Claudor con cierto desdén en sus hombros y amargura en su garganta.

– Es la chica más preciosa del mundo -lo rectificó Weber, que se giró a mirarla- está en aquella mesa de allí, junto a su sargento y su compañera, Arla.

– Pues que mal gusto tienes, no sabía que te gustaran verdes y musculosas -dijo Feven en su tónica habitual.

– No, esa no, la otra. Miradla, es tan bella… y que sonrisa tiene…

El grupo miró en dirección a la mesa de Justo, que bebía abundante agua para dejar clara su posición de abstemio y de vez en cuando reprendía por algún motivo a sus compañeras, que se hallaban muy entretenidas jugando a las cartas. A su derecha, había sentada una semiorca de aspecto rudo que engullía jarras de cerveza como si de zumo se tratara. Ella sola era capaz de tumbar a cualquiera empinando el codo. Frente a ella, se sentaba una semielfa de finas facciones y aspecto exótico. Siempre llevaba una coleta alta que apretaba su blanca y lacia melena, dejándola caer por debajo de su cintura como una cascada acabada en punta. Su piel y sus ojos eran color lavanda, como el de un atardecer o como el de las lilas silvestres. Sus ropas, cuando no llevaba el uniforme del ejército, eran exóticas y coloridas. Esa noche vestía un top azul y unos pantalones bombachos a juego, complementados con un pañuelo transparente que había atado a su cadera derecha. Según cómo caía sobre éste la luz, las lentejuelas centelleaban evocando el tintineo de las estrellas. Si ya de por sí llamaba la atención, sus vestimentas hacían que fuera imposible no verla. Sus puntiagudas orejas eran alhajadas por múltiples aros y sus muñecas por brazaletes que tintineaban cuando movía los brazos. El centro de su frente estaba adornado con un brillante aunque para uso diario se solía pintar un punto blanco. Con motivo de celebración también lucía una tobillera y una pulsera de dedo. Su carácter era vivo y alegre. Siempre se le la veía jovial y a la vez delicada. Saltaba a simple vista que la chica se lo estaba pasando en grande con su compañera, ya que frecuentemente daba botes en la silla y se movía tanto que apenas hacía caso a su copa de vino, lo cual contrastaba con la actitud de su oponente, que permanecía tan concentrada como sedienta.

– ¿¡Es esa!? -protestó Tordec-, ¡pero si está como una regadera! No te recomiendo que te acerques a ella.

– Yo tampoco te la recomiendo – coincidió Claudor sobradamente con una sonrisa medio rabiosa.

– ¿La conocéis?- inquirió.

– Todo el mundo la conoce, es esa flautista que no quería pertenecer al grupo de apoyo -respondió Tordec con el ceño fruncido-. Es una lástima, porque toca muy bien. Cosa que no me extraña, tiene los dedos más escurridizos que una anguila de mar.

– ¿Qué les pasa a estos? -inquirió Fray.

– No les hagas caso, Weber -le aconsejó socarronamente Feven-, lo que pasa es que están amargados. A este- señaló a Claudor- lo rechazó en su día y a este otro -señaló a Tordec- lo desplumó en una partida de dados.

– ¡Hace trampas! -saltó Tordec con la cara roja.

– Nunca pudiste demostrarlo.

– ¡A mí no me rechazó! -protestó Claudor, levantándose ligeramente de la silla con su orgullo claramente ofendido- lo que sucedió es que me cansé de ella y después no quise saber nada más. Por eso está enfadada conmigo y no quiere ni verme, ya sabéis cómo son algunas mujeres.- añadió en última instancia con una sonrisa de autosuficiencia y buscando en sus compañeros complicidad con la mirada.

– Pues que yo sepa -contradijo Feven-, la historia fue así: a diferencia de ti, Weber, que piensas presentarte ante ella con un bonito detalle, Claudor pensó que era una buena idea presentarse con una palmada en el culo y diciéndole algo así como “estás jamona”.

– ¡Callate!, eso no es verdad, no tienes ni idea de lo que hablas -le amenazó con el dedo.

– Pues yo estaba allí -y añadió entre risas:- aún recuerdo el puñetazo que te llevaste- ante esto último Claudor se abalanzó sobre él con el puño en alto y todos tuvieron que intervenir. Feven se había escurrido bajo la mesa a causa de la risa, la cual claramente le entorpecía la fuga. No obstante, seguía pinchando a su camarada a pesar del esfuerzo de sus compañeros en mantenerlo a raya.

– Feven, controla tu lengua -ordenó Fray a su cadete una vez se había calmado la situación.

– ¿Por qué dejamos que este payaso venga con nosotros?- protestó Claudor, todavía mosqueado. Feven le contestó con una mueca de burla y Claudor, tenso, tomó una inspiración profunda e hizo acopio de toda la fuerza de voluntad de la que era capaz para no volver a repetir la escena.

– Soldados, comportaos -pidió Fray- el protagonista de esta noche es Weber, es un momento importante para él, quiere declararse a una chica.- el resto asintieron solemnemente, como si de un código noble se tratara y concedieron.

– Weber, quizá nuestros amigos sean algo exagerados, pero si es verdad que he oído rumores. -declaró Feven.

– ¿Qué clase de rumores?

– Pues que es una chica muy rara. ¿Te han contado lo que sucedió el día que ingresó aquí? -Weber negó con la cabeza- resulta que entró en el campo de entrenamiento preguntando por Admisiones, vestida con ropas como las de ahora. Había soldados entrenando, ya sabes. Ese día estaba el coronel Calton. Imaginároslo, con lo serio que es… pues bien, se le acercó y le dijo que quería formar parte de las filas. Él le dijo que escogiera un arma, la que fuera y que le mostrara lo que sabía hacer con ella. De modo que la chica agarró una espada y ¿a que no sabéis lo que hizo?, ¡se puso a bailar con ella!, ¡con una espada!

– Qué bestia eres, te lo estás inventando- le rebatió Weber.

– Que no, que va en serio, os lo digo yo, que estaba allí y lo vi. -sus amigos se rieron a carcajada limpia.

– Ya, claro, tu siempre estás ahí -se jactó Fray-. Weber, no les hagas caso. Si te gusta esa chica ve y haz lo que tengas que hacer.

Weber se armó de valor y se acercó a su objetivo, dejando atrás la acalorada y creciente discusión en la que cada uno defendía la veracidad de su versión.

– … ¡gané!- anunció Leowen entusiasmada. Recaudó el dinero de la mesa y se lo donó a su contrincante, quedándose únicamente con una moneda -así esta vez será más interesante.

– Eres una TRAMPOSA -le espetó el sargento con su potente voz-, ¿de verdad es esta la idea de diversión que tienes para esta noche?, ¿tenerme aquí quieto mientras veo vicio por doquier y especialmente en mi mesa?

– Tan solo estamos jugando a las cartas y bebiendo un poco. Además, no hago trampas… es que tengo mucha suerte -hizo un gesto de complicidad a su compañera, la cual lo correspondió con una sonrisa.

– Además de tramposa, mentirosa.

– Si crees que hago trampas, demuéstralo. -Justo hizo una mueca de desagrado cargada de impotencia y frustración.

– El juego ya de por sí es un mal vicio -insistió, retomando el punto anterior ya que la discusión de las trampas la había perdido innumerables veces- y por cierto, ¿no te da pena tu compañera?

– A Arla gustar -intervino la semiorca, que todavía no dominaba el idioma común de los reinos civilizados-, yo practicar y aprender así.

Exasperado frente a la conchabanza de sus compañeras que parecían estar decididas a desvirtuar sus almas esa velada, centró su atención en el elemento que acababa de entrar en escena.

– Buenas noches -saludó Justo a Weber con expresión de alivio-, ¿vienes a unirte a este despropósito de intento de pelotón? -preguntó, omitiendo las risas disimuladas que esa frase había provocado en ellas.

A pesar de ser él quien se había acercado, se sintió descubierto y ligeramente vulnerable. Estuvo a punto de dar media vuelta y volverse pero optó por sacar coraje.

– Leowen -se dirigío a ella tímidamente-, ¿tienes un momento? -ella se levantó y se apartaron un poco-. Me preguntaba… me…

Al cabo de un rato cada uno volvió a su mesa. A Weber se le veía contento.

– ¿Y bien? -le preguntaron sus amigos, inclinándose hacia delante impacientes por enterarse de lo ocurrido.

– Hemos bailado juntos.

– ¿Lo has conseguido?, ¿cómo ha sucedido?- quiso saber Fray.

– Hablé con ella y le pedí… bueno, la verdad es que no le llegué a pedir nada, es más, ni si quiera hablé. Fue demasiado fácil, lo hizo ella todo por mí- sus amigos escuchaban en silencio, expectantes. Lo que sucedió es que estaba muy nervioso, ya sabéis que con las chicas soy muy tímido, de modo que comencé a tartamudear. Entonces ella hizo que todo resultara sencillo, fue muy amable. Me dijo que íbamos a lanzar una moneda al aire. Si salía cara, tendríamos una cita mientras que si salía cruz, bailaríamos lo que quedaba de pieza y después cada uno volvería a ir por su lado. Vi que en cualquiera de las dos opciones salía ganando de modo que asentí.

Durante unos instantes, el grupo permaneció en silencio, reflexivo.

– Creo que no he entendido bien qué ha pasado –declaró finalmente Fray.

– ¿Le ha dado calabazas? -sugirió Feven, dándole vueltas a la cabeza.

– No -negó Weber-, eso no pueden ser calabazas, ha sido simpática y hemos bailado… -argumentó extrañado.

– Ya, y ahora no puedes acercarte a ella en lo que queda de noche -apuntó Feven.

– Podría tratarse del azar y ya está. –dijo Claudor cavilando la respuesta.

– Esa hace trampas -volvió a afirmar Tordec tozudamente-. Os lo digo yo.

 

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