Luna Blanca Capítulo 1: Planes. Novela de Fantasía

 

I

Planes

Año 9490

No todos los días se podía contemplar a ocho Madres Matronas reunidas, pero ese día había asuntos que tratar en la ciudad subterránea de Arcanleiden.

Alrededor de la ovalada mesa de la Gran Sala de reuniones se disponían las líderes principales de una de las más importantes ciudades de los elfos oscuros. Las participantes lucían las características físicas exclusivas de esa orgullosa raza: piel color azabache y cabello blanco como la nieve. Sus ojos, adaptados a la más absoluta oscuridad, estaban bañados en un intenso color escarlata pero no debido a la falta de pigmento como sucede con algunos humanos. Se trataba de un rojo antinatural causado por una antigua maldición:

“En nombre de todos los Eilor yo maldigo al clan Darlurien:

Aquel que vea vuestra piel quedará advertido de la tenebrosidad de vuestras almas,

cuando os miréis unos a otros veréis la sangre de los nuestros

y por la esperanza perdida, vuestros plateados cabellos serán lo más parecido que llegareis a tener a la luz lunar.

Pues desde hoy quedáis malditos y desterrados a las profundidades, donde reptan las bestias y la virtud no llega”.

Y así fue. Desde aquello, con el paso de siglos los testimonios de los sucesos reales se fueron perdiendo y los detalles de las historias escritas tergiversando, adquiriendo diversas interpretaciones según el relator. Actualmente, esa extravagante raza tenía arraigado en su cultura un sistema político propio, su propia religión y como no, una peculiar forma de entender el mundo.

El indiscutible matriarcado declaraba como regente de su casa a aquella que por consanguinidad heredara el puesto de Madre Matrona, el cual le otorgaba potestad sobre los suyos. Los pilares de poder de estas ciudades se sostenían por las representantes de las ocho primeras casas. Ocho, siempre ocho, el número que simbolizaba a su venerada diosa, la Reina Araña Arakna.

Ocupando el imponente sillón principal, la opulenta Dinarlen Ralzarsen, soberana de la primera casa, dirigía la reunión más erguida que ninguna otra de las presentes. En estas ciudades, la que ocupaba el primer puesto normalmente poseía con creces la organización más poderosa y por ende, casi imposible de destruir por cualquiera de sus competidoras. A su derecha como representante de la segunda casa, se encontraba Haladia Niepars. Ambas moderaban el debate. El asunto a tratar era un juicio, un reciente ataque que una casa inferior había hecho a una de categoría superior para elevar su posición en la escala social, algo bastante común. La casa atacante no había realizado bien su trabajo: habían dejado supervivientes y por lo tanto, testigos del intento de invasión. Esto implicaba que la casa era susceptible a ser denunciada y sentenciada a su extinción, incluyendo a todos sus miembros, tal y como dictaba la ley. La reunión duraría poco ya que únicamente había que mostrar consenso con la condena estipulada, meros formalismos.

Todas callaron al unísono al oírse una risita y buscaron rápidamente con la mirada quién sería la insolente descarada que osaba romper la sobria rutina de la Gran Sala. La risita provenía del sillón del cuarto puesto, regido por Nastiria, Madre Matrona de la casa Drihnastehr. Ésta se levantó de su asiento y se dirigió hacia la puerta para abandonar la reunión. Dinarlen, como moderadora principal, debía reprender a su díscola congénere pero se había quedado congelada por el inusitado hecho y tardó en reaccionar.

– ¿Nos hemos perdido algo divertido, Nastiria? -le preguntó con tono sarcástico mientras movía la mano para camuflar su falta de rapidez con indiferencia.

Nastiria frenó el paso y con ella el sonido de sus tacones, que la acompañaban siempre que  quería dejar clara su presencia, resonando en el eco de las paredes. Teatral como ella sola, tomó un instante para medir su respuesta antes de girarse de cara a su público. Las miró con una sonrisa de oreja a oreja, había logrado lo que quería: ser el centro de atención. De haber sido otra la que hubiera mostrado tal descaro, habría sido inmediatamente amonestada por las demás. Sin embargo, todas respetaban y temían a la vez a esa inquietante mujer.

Nastiria, representante de la casa Drinhastehr, ocupaba el cuarto escalón en la élite y había sido la responsable de la destrucción de muchas casas, directa o indirectamente, devastando más que ninguna de las que se hallaban allí. Nastiria era muy joven cuando heredó la soberanía de la casa, posicionada para entonces en el 7º puesto y en muy poco tiempo comenzó a ascender. Sin embargo, en cuanto alcanzó la 5ª posición paró en seco. Muchos pensaron que se precipitó en realizar tantos ataques seguidos y que debido a las bajas de guerra se había vuelto débil, de modo que la ya difunta familia Cusdatienlar decidió atacar su casa, creyendo que podrían vencer. Pero no fue así, la aterradora sorpresa de aquella familia fue que la quinta casa no solo se había recuperado en número sino que había aumentado. Posteriormente fue blanco de un ataque por parte de una de mayor rango que quería prevenirse de un posible futuro ataque. No les resultó bien, de modo que se sentenció a la familia Turnandre, cayendo además en la vergüenza de no haberse llevado con ellos ni una sola vida darlurien. Obviamente fueron denunciados. De esa forma fue como la casa de Nastiria logró ascender al puesto de la cuarta pata de Arakna inmaculadamente. Corrían rumores sobre espías que ya perecidos que intentaron averiguar cómo en los últimos siglos la casa Drihnastehr había aumentado con creces la cantidad y calidad de miembros. Las últimas noticias hablaban de una magia extraña muy poderosa aprobada por Arakna. Se disipó cualquier posible rival mientras se alzaban los temores, antes se atreverían a enfrentarse a la segunda o tercera casa, incluso las casas dos y tres se plantearon elaborar un plan conjunto para destruirle antes de que las destruyera a ellas, pues en su ambición, ningún darlurien entendía por qué si ella podía plantarles cara no se había decidido a continuar ascendiendo. Sencillamente no lo entendían y hacía ya bastante tiempo que dormían con un ojo abierto temiendo por un ataque. Era objetivo de muchas habladurías e hipótesis y resultaba desconcertante para qué estaba acumulando tanto poder si no lo usaba y… tampoco entendían bien en qué consistía esa extraña hechicería exactamente. Lo que quedó claro, desde luego, era que la misteriosa Nastiria no se había vuelto débil en absoluto.

Otro aspecto por el que llamó tanto la atención su interrupción fue por el mero hecho de su presencia, ya que había desoído todas las anteriores reuniones del Consejo, a las que no era obligado ir pero ignorarlas no estaba bien visto.

– Sois tan poco ambiciosas… -dijo con desprecio esbozando media sonrisa mientras se giraba, haciendo que su larga y lacia melena atada con una coleta alta latigueara en el aire como una extensión de su desdén.

– ¿¡Poco ambiciosas!?, ¡serás insolente! -le gritó Dinarlen poniéndose de pie y apuntándole con el dedo-, ¡Te exijo que te disculpes!

Nastiria giró sobre sus tacones de aguja y en un abrir y cerrar de ojos Dinarlen la tenía a un palmo de distancia de su cara. La Madre Matrona de la primera casa, debido al susto, se había sentado involuntariamente, quedando hundida en su trono y acorralada entre los brazos de la insubordinada, los cuales se apoyaban en los reposabrazos.

-Tú no eres quien para exigirme nada –susurró juguetonamente a su oído. Tras ella, seis de las mujeres más poderosas de la infraoscuridad estaban alerta con sus hechizos y armas preparados-. Bajad las armas, queridas, no voy a hacer ninguna locura.

– Ya la has hecho –le amenazó Dinarlen con los ojos henchidos en furia rojo carmín. Tuvo que esforzarse en ocultar que se sintió muy intimidada, pues a pesar de que estaba prohibido cualquier acto de violencia en la Gran Sala, la reputación que la precedía no venía dada por ser una gran seguidora de las normas-, y si soy quién.

Nastiria sonrió de nuevo y se pasó la lengua por los dientes antes de incorporarse para dirigirse a su ahora muy atento público, pues sabía exactamente qué preguntas se estaban haciendo y se moría de ganas por comprobar sus expresiones de desconcierto.

Todas estaban atónitas. El hecho de que ese tempano de hielo con tacones camuflado de amabilidad y gestos gráciles hubiera llegado tan lejos era irrelevante frente a que en el fugaz momento de la amenaza de la nada decenas de tatuajes comenzaron a recorrer su cuerpo. No eran tatuajes cualquiera, pues brillaban y lentamente cambiaban de forma. La luz, blanca y azul, aunque parecía ser profunda y salir de dentro de ella curiosamente no cegaba. Jamás habían visto algo parecido. Las había sacado de sus esquemas y no sabían cómo reaccionar.

– No importa quién eres tú con respecto a mí, sino quién somos, juntas.

– Esa conducta no es la apropiada para esta sala -la cortó severamente Dinarlen, disimulando su inquietud- no puedo pasar por alto tu insolencia, vas a tener que abandonar la reunión.

La cuarta pata de Krajna hizo oídos sordos y comenzó a andar lentamente en círculos, rodeando a su audiencia mientras los tatuajes se desvanecían.

– No me extraña que estemos aquí abajo y esos malditos ahí arriba.

– Nastiria, estamos debatiendo el destino de la casa acusada -le recordó Haladia, la segunda pata de la Reina Araña- y tú aquí ya has acabado por hoy -dictaminó con una marcada furia bajo los dientes.

– Ese es vuestro problema, que perdéis el tiempo con tonterías.

– De acuerdo, ya está bien, ¡FUERA!

– Si, exacto. Eso es lo que voy a hacer, me voy a ir FUERA, pero no sin antes rescataros.

– ¿Rescatarnos? -se rió Dinarlen con sorna- lo que me faltaba por oír, ¿de quién, si puede saberse?

– De vosotras mismas.

Todas se rieron y miraron unas otras, sin embargo, callaron en cuanto comenzó a hablar. La duda se había instalado en sus mentes: ¿había algo que una visionaria y maestra de la información como ella estaba viendo y que las demás no?; ¿se trataba de una advertencia?; ¿era información importante para la supervivencia de sus respectivas casas?; ¿iba a revelar algo de otra? Se esperaban cualquier cosa de esa mente inquieta.

– ¿Habéis repasado el número de darlurien que somos? Apuesto a que cientos de veces; ¿cuántos de los nuestros están preparados para la guerra o se están preparando? Prácticamente todos, constantemente, ¿verdad?; ¿de cuánta magia disponemos? Puesto que siempre ha estado permitida y premiada yo diría que mucha, ¿no creéis? Y todo eso sin contar con los esclavos y los temibles aliados que podríamos conseguir. ¿Cuántos sumaríamos si juntáramos todas las casas de todas las ciudades? Impensable, ¿verdad? Somos la raza más inteligente, astuta y orgullosa que existe. Podríamos tener al mundo entero en la palma de nuestra mano -al decir estas palabras se podía sentir en el ambiente el agrado y la excitación de las oyentes ante su discurso- y, ¿qué hacemos? Decidme, ¿qué hacemos con todo ese poder? Pues yo os lo diré, holgazaneamos y nos quedamos aquí abajo amargadas quejándonos y lamentándonos de la mala suerte que hemos tenido y lo malos que son los de arriba, mientras un grupo de marujas quedan para cotorrear cada vez que estalla una nueva guerra entre casas en la que, como si no nos costara bastante procrear, nos destruimos como raza en número -la mayoría dio un respingo en su asiento al escuchar la palabra “marujas”, otras hicieron gestos de indignación-. Tocad de una vez la realidad -a pesar de su frialdad, sabía dar buenos discursos, poner énfasis con la voz y exaltar sus medidos gestos en los momentos apropiados-. Sé que muchas os habéis preguntado por qué no ataco y asciendo más cuando perfectamente podría hacerlo -a algunas oyentes esta declaración les produjo una repentina sacudida en el estómago, pues nadie solía ser tan directo- y hoy os lo diré, es muy sencillo: el poder que quiero no está limitado por estas cuevas. Esta cárcel de piedra para el que la quiera. Yo, sin embargo, ¡quiero lo que me pertenece! Y lo que me pertenece, a mí y a nosotras como raza, es el mundo entero. A lo que aspiro es a la grandiosidad: al inicio de una nueva era en la que me vea junto a vosotras, mis camaradas, gobernando sobre toda Naia… no a intentar hacerme con otro vulgar y codiciado pedacito de poder de una de las ciudades de la infraoscuridad, ¿o debería decir… “destierro”? –se llevó una mano a la boca para parodiar la evitación que solían hacer de ese término- Sí, he dicho “destierro”, llamemos a las cosas por lo que son. Voy a recuperar lo que es nuestro y vosotras seréis mis aliadas. ¡Ya está bien de reñirnos por algo tan pequeño, cuando el mundo es tan grande!

– ¿Insinúas que nos hagamos con la superficie?- insinuó la séptima pata con una mueca de escepticismo.

– No lo insinúo, os lo estoy ofreciendo en bandeja de plata.

– Pero eso es algo que llevamos milenios intentando y nunca hemos podido -intervino la Madre Matrona de la primera casa-, de ser así ya lo habríamos hecho.

– ¿Sí?, ¿de verdad lo crees?, ¿o al igual que todas has estado tan ocupada vigilando tu espalda y la de otros que no has mirado más allá?, ¿cuándo fue la última vez que nos preparamos de verdad para la ofensiva? – se hizo el silencio mientras buscaban un contraargumento convincente pero no lo encontraron- Ya os respondo yo: ¡Nunca! Nunca hemos ido de verdad a por ello. Yo os propongo que lo hagamos. Seremos pioneras en nuestra raza, ¡nuestro estatus no tendrá parangón! La ciudad de Arcanleiden llevará la gloria a toda Nastargar y los darlurien resurgiremos de las profundidades como la raza dominante que somos para conquistar el mundo.

El discurso de Nastiria estaba resultando demasiado utópico, de no ser por la fuente de la que se trataba no la habrían tomado en serio y pensarían que se le había ido la cabeza debido a un exceso de delirios de grandeza.

– Está bien -concluyó Dinarlen-, aunque solo sea por curiosidad. Dinos, ¿qué tienes en mente?

Nastiria lanzó una sonrisa malvada. Ya las tenía donde quería y sabía que en cuanto les contara su elaborado plan ninguna de ellas podría resistirse a semejante oferta. Todas querrían participar. Ni el mismísimo Rey de los infiernos habría resultado tan endiabladamente convincente.

 

               Año 9565

Nastiria volvía a su casa muy satisfecha del resultado de la última reunión con el nuevo consejo de Nastargar, el dominio compuesto por todas las ciudades de la infraoscuridad pertenecientes a los elfos oscuros. Pocas veces disfrutaba del disco flotante que la sostenía para desplazarse, eso era algo propio de novicias. Sin embargo, esa noche volvió a entusiasmarle como la primera vez en la que pudo verlo todo desde arriba, con una perspectiva distinta al resto de la escoria que iba a pie. El aire que rozaba su rostro le imbuía un maremágnum de sensaciones y se sentía más viva que nunca. El triunfo era como una droga para un darlurien y ella ya se había bañado en varias ocasiones en su dulce éxtasis, resultando cada vez más adicta que la anterior.

Año 9575

Ya había pasado una década del último comité cuando Engeba, la hermana menor de la familia, acudía apresurada a la llamada de la Madre Matrona acompañada de sus dos hermanos, Mucab y Hazmer. Mucab, el mayor de todos, era un venerable y poderoso mago muy experimentado y joven en relación a los méritos obtenidos. En la Academia de Magia todos se llevaron las manos a la cabeza cuando rechazó una oferta como profesor, un puesto por el que muchos, literalmente, habrían matado. El motivo de su declinación fue para quedarse estudiando e investigando por su cuenta en el hogar familiar. Hazmer, sólo 20 años mayor que Engeba, acababa de graduarse en la academia de guerreros de la ciudad. Este hermano destacaba por poseer una gran agilidad y destreza. Cuando era pequeño, consiguió dar más de un susto a algunos miembros de la casa ya que gustaba de trepar por las aristas haciendo presión con las manos y los pies en las paredes. En una ocasión, un criado pensó que había sido poseído y salió corriendo despavorido. Su habilidad natural solo era superada por su carácter travieso, el cual no menguaba por más que creciera. Entre Mucab y Hazmer se encontraban las joyas de la familia Lashaeb y Piria, dos sumas sacerdotisas muy populares entre las suyas. Lashaeb, además de su puesto en el templo, siempre tocaba el pódium en los concursos de francotiradores de Arcanleiden. Piria era la mayor de las féminas y su especialidad era dar órdenes y proporcionar castigos crueles si no se cumplían, su talento secundario era la demonología, que tampoco se le daba mal. El valor de los cuatro hermanos era incalculable y todos pertenecían a una misma familia. La última en llegar fue la pequeña Engeba, sobre la cual pesaba la enorme presión de la sombra que recae sobre los hermanos pequeños cuyos antecesores brillan junto a la élite en sus respectivos campos. Todavía no conocía más mundo que el que se hallaba tras las paredes de los muros de adamantita del hogar y estaba ansiosa por comenzar los estudios oficiales para conseguir su objetivo: ser una alumna sobresaliente, la primera de su promoción. Sabía que las profesoras la compararían continuamente con su madre y sus hermanas. Por eso, se estaba esforzando mucho para proyectar un talento nato digno de su casa. Nadie más que sus aposentos tenía porqué conocer que su talento real era la constancia.

Finalmente llegaron a la capilla, donde les esperaba Nastiria sentada en el fastuoso trono de piedra negra, jugando disimuladamente con sus zapatos. El respaldo imitaba, como siempre, a una araña ya que los darlurien solían ser monotemáticos respecto a los arácnidos. El tórax de la criatura era una carísima gema negra inusitada por su inmenso tamaño. Las largas patas imitaban las raíces de Arculia, una planta demoníaca de las profundidades. La representación de la hiedra subía desde el interior del suelo, trepando amenazantemente como si quisiera enterrar todo cuanto se encontraran a su paso. Los ojos de la araña estaban manufacturados a partir de gema de alma negra, un capricho para su dueña a la cual le fascinaba el nombre. Lo que uno esperaba ver cuando acudía a una audiencia con una Madre Matrona era presenciar un trono recargado con múltiples detalles y joyas. La capilla era el lugar donde la casa tenía la oportunidad de proyectar su imagen de cara a la sociedad y al mundo divino. Por lo tanto, invertir en una buena capilla con un buen trono entre otras cosas, siempre era una excelente decisión. El diseño de éste era refinado y ligeramente minimalista; apostaba por una única pero gran araña. Reflejaba fielmente la forma de pensar de su propietaria que cuando subió al poder mandó quitar el anterior y renovar la decoración entera de la sala dejándola irreconocible, pues decía que con tanta “ornamentación inútil” era incapaz de pensar con claridad. Los reposabrazos, en su tónica de ser original representaban a dos elfos solares arrodillados que portaban cojines de terciopelo violeta con expresión sumisa.

Los cinco hermanos se arrodillaron frente a ella y aguardaron pacientemente.

– Me complace veros reunidos frente a mí. Siempre quise encabezar una familia grande, poderosa y unida -su estudiada voz acostumbraba a acariciar las palabras transformando el aire que salía de su boca en una exquisita melodía, por lo que era fácil relajarse y prestar atención. Los más sensibles de oído a veces experimentaban un escalofrío agradable por la nuca-. Antes que nada, quiero comunicaros cuánto me enorgullece nuestra casa y vosotros, hijos de Drihnastehr Undrasaneflen -su significado es “aquella que ve desde la oscuridad”-, también debéis enorgulleceros de vuestro apellido. Como bien sabéis, la mayoría de las victorias no se consiguen con fuerza bruta, sino con astucia y el buen uso de la inteligencia para saber estar en el lugar adecuado y en el momento oportuno. No es suerte, es estrategia. Nuestra casa es famosa por tener un arma estratega un tanto diferente al resto: el conocimiento -dándose cuenta de que su soberbia le estaba llevando por el camino de dar más información de la que tenía planeada que supieran, procedió a ir al quid de la cuestión-. Sentíos orgullosos –concluyó-. Cambiando de tema, esta noche voy a daros una noticia. Sé que muchos se han preguntado el motivo de mi embarazo, por qué decidí seguir adelante cuando no mucho atrás manifesté que no quería tener más hijos. Las malas lenguas, es decir, todo el mundo- se rió por su chiste- han especulado diversas teorías, cada una más absurda que la anterior. Como pronto voy a dar a luz, os voy a hacer un adelanto para amortiguar la sorpresa.

– ¿Qué sorpresa, Madre Matrona? -se precipitó Piria, que no comprendía el motivo de tanto misterio y ya estaba comenzando a tensarle la espera.

– Espero una hija.

Todos sonrieron y se intercambiaron miradas maliciosas, pues una mujer más en la familia era otro símbolo de poder y una ventaja táctica de valor inmensurable. Pocas darlurien podían tener tantos hijos, pero no era ningún secreto que la casa Drinhastehr se valía de los conocimientos suficientes como para hacer fértil a un campo de sal.

Nastiria les sonrió dispuesta a complacer su curiosidad, hasta cierto punto.

– ¿Es hija de Thimerion? -se aventuró Piria, haciendo referencia al amante principal de su madre, la cual lo negó con la cabeza.

– ¿De Humab? -inquirió Lashae y la respuesta fue la misma, sin borrar ni por un solo instante su encantadora y ligeramente siniestra sonrisa.

– ¿De alguno de los soldados? -se atrevió Piria, esperando no haberse propasado en su indiscreción por preguntar. La respuesta fue la misma- Con el debido respeto, ¿es importante la posición o la sangre del darlurien en cuestión?

– No es un darlurien -contestó Nastiria. Todos se alarmaron y se miraron unos a otros. Nadie comprendía nada y Nastiria disfrutaba de ello. Amaba provocar confusión-; es un humano.

– ¿Es un sacrificio para la diosa? -pregunto Lashae, entendiendo que era la única explicación posible.

– No -esto era inédito y una blasfemia-. Aquí nadie va a matar a nadie. Vais a tener una hermanita medio humana.

Murmullos cargados de mil preguntas y miradas interrogantes rompieron la formalidad de la reunión familiar. Fue Mucab el que cortó el barullo realizando la obvia.

– ¿Por qué?

– Lo sabréis cuando considere que tenéis que saberlo, mientras tanto debéis seguir mis órdenes -volvió a mirarse los zapatos y diseñar mentalmente un par nuevo- . Oh, por cierto, la reunión ha terminado.

 

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